2.11.10

Se murió un burgués

Se murió un burgués. No me siento bien ni mal. Se murió un burgués. Como un mantra, mi amiga de ideologías imposibles, recitaba: se murió un burgués. Podría haber dicho: se murió un pelado, no me siento bien ni mal. Se murió un mono en el zoo. Se murió un rengo. Se murió el motorman del subte. Lo que ella quería decir era: solo voy a llorar a los revolucionarios. De esa revolución que ella espera. De esos revolucionarios que por ser así de ciegos, así de dogmáticos, de necios, de piruchos, nunca tendrán una plaza que los llore. Tal vez una tía, una madre. Pero eso que ellos llaman el "pueblo"; eso jamás los llorará aunque se mueran mil veces.
Venga, pues, amigo, el blog de los nunca llorados, de lo que nunca llorarás, ahora que tantos estamos tristes y lloramos la muerte de Kirchner, el primer peronista que voté. Y no el último, porque también voté a Cristina.

4 comentarios:

  1. En esta, nuestra charla personal publicada, tengo mil cosas por decir, porque el impacto, el cambio, los sucesos son de una magnitud que, lamentablemente, uno no había notado hasta el día fatal.
    Sin orden, digo:
    Que estuve pensando mucho en la canción de Albert Plá (un catalán anarco como pocos) que reza: "un policía muerto es un policía menos", "un senador muerto es un senador menos", hablando de su novia terrorista que anda reventando gente y que él duda en estar de acuerdo o no... Me venía a la mente la canción y la echaba, porque en este caso, mi corazón anarco quedó relegado y jamás pensaría en Néstor como "un político muerto es un político menos".
    ¿Y por qué? Porque yo, que crecí entre el alfonsinismo militante (desgastado) de mi mamá y el posmodernismo escéptico de mi hermano Sago, yo voté una sola vez, la primera, a Bordón —que luego volvió al duhaldismo, como si nada hubiera pasado— y no voté más, convencida de que en Argentina el destino del país no se definía con el voto, sino con el aparato bonaerense peronista, que en esa época era de Duhalde, ¡mamita, qué miedo!
    Luego, con pánico voté a Fernández Meijide en las internas abiertas, para evitar a De la Rúa, y me salió mal.
    Paralelamente, habiendo abandonado las elecciones de cargos ejecutivos, solo votaba en las legislativas y a los candidatos a los que conocía casi personalmente: a Bonadeo en Vicente López, que se había ido del radicalismo y andaba por ahí con bloque propio.
    Esto lo explico para decir que no los voté, no porque no me gustaran, aunque al principio no los conocíamos, sino porque yo no votaba. Tiempo pasado.
    Si me habré peleado con mi ex novio por no ir a votar, mientras él fiscalizaba para Lozano. Muchísimo me costó, me salvó Carlos Saúl al bajarse, no ir a votar el ballotage, cuando se jugaba que el tipo volviera. Terca y dura como una pared, me negaba a votar. Y zafé. Y cómo nos volvimos a pelear en la última de la Ciudad, cuando él votaba a Pino y yo le decía que se acordara de la 125, que Heller era el único tipo que resistía el archivo. Yo sigo empadronada en provincia, así que me daba igual, porque no me tocaba.
    [Otra nota de color: a Néstor, en la Patagonia, lugar que frecuento, se lo conocía como el Robin Hood que le había retaceado guita de su provincia a Cavallo y la había puesto en Suiza. Sigue siendo un caso poco claro, pero en medio del menemismo te pintaba una sonrisa en la cara.]
    Y llegó Cristina, una mujer, y mi corazoncito femenino fue más feliz. Pero tampoco la voté. Y cuando llegaron las legislativas, y yo ya estaba menos terca, no pude votar porque estaba fuera del país. El destino se me imponía. No hubiera votado al FPV, sino a Sabatella, pero para mí, in the big picture, es lo mismo.
    Conclusión: los pingüinos me rescataron del fango nihilista y me dieron ganas de votar. Y allí estaré, para su reelección, burguesa como soy y como es tu amiga, que espera la revolución, sin ver que la revolución le está pasando por al lado.

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  2. Aprendo. Mientras ustedes conversan, yo aprendo.

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